Reparación de chapa con acabados impecables

En Rianxo, basta un roce en el aparcamiento del súper o un gesto de confianza excesiva en una calle estrecha para que el lateral del coche se lleve un recuerdo poco fotogénico. Los que buscan soluciones rápidas descubren pronto que los atajos salen caros y que la diferencia entre un parche y un trabajo serio se nota incluso a dos metros, bajo el sol gallego. Por eso, quien quiere realmente reparar chapa coche Rianxo con criterio acaba preguntando por procesos, no por milagros, y encuentra en los talleres que aman su oficio el aliado que evita disgustos en la ITV estética del vecindario.

Antes de que nadie coja la lija, un buen profesional mira la carrocería como un médico forense: luz fría, lámparas de inspección, regla de tablilla, medidor de espesores y, si hace falta, una lupa de malhumor. No hay dos golpes iguales ni dos pinturas idénticas; las capas antiguas, los repintados previos y el material del panel condicionan la estrategia. No es lo mismo enderezar acero que aluminio ni plastificar un paragolpes que nivelar una puerta. El diagnóstico manda porque una abolladura que parece simple puede esconder tensiones en los pliegues o un borde estirado que, si se “aplasta” sin plan, después canta como un gallo al amanecer.

Cuando el daño es leve y la pintura está intacta, el desabollado sin pintura es esa pequeña magia que ahorra masillas y cabina. Un juego de palancas bien elegido, un acceso por el nervio interior y paciencia zen permiten devolver el volumen sin repintar, lo que conserva el color original y el valor del coche. Pero si el golpe rompió la capa base o deformó aristas, la receta cambia: bancada, puntos de tracción, soldadura por puntos con regulación fina y el viejo arte de templar lo justo para no fragilizar el material. Menos es más; la masilla es para corregir micras, no para esculpir estatuas. Quien la usa como atajo termina creando dunas donde antes había playa.

El ritual de preparación separa al maestro del improvisado. Desengrase a conciencia, elección correcta de granos de lijado para evitar escalones, tratamiento fosfatante o promotor en el caso de plásticos y un aparejo aplicado en capas finas que luego se guía con polvos de control hasta que la superficie no cuenta historias. Los cantos se redondean apenas para que la pintura fluya y no se corte; los poros se persiguen como si fueran spoilers indeseados; la “piel de naranja” no se tapa, se previene con viscosidad, boquilla y presión ajustadas. La prisa es el enemigo invisible que deja su firma el día de la entrega, cuando la luz rasante del atardecer convierte cualquier descuido en titular.

El color es el capítulo que asusta a los valientes. Ahí entran el espectrofotómetro, las cartas de desdobles y la memoria cromática de quien sabe que el rojo de una referencia puede tener diez matices y que un blanco tricapa se defiende difuminando hacia el panel contiguo con un barniz bien tensado. Pistola limpia, abanico uniforme, solapes exactos y temperatura estable en cabina: no es coreografía, es ciencia con ritmo. Barnices HS o UHS según la necesidad, aditivos que aceleran sin amarillear, secado controlado por infrarrojos si el calendario aprieta y, después, un pulido quirúrgico de motas que deja la piel del panel como si nunca hubiese pasado por quirófano. La mejor reparación es la que no se encuentra ni con lupa, y para eso hace falta oficio, no filtros de redes.

La entrega del coche también habla. Un taller que se respeta revisa holguras, alinea paragolpes con faros y aletas para que las líneas no parezcan montañas rusas, monta clips nuevos en lugar de reciclar los que ya hicieron tres vidas y documenta el proceso con fotos del antes y el después. El cliente, que muchas veces solo quiere dejar de mirar el arañazo cada mañana, agradece una factura clara donde se distinguen piezas reemplazadas, horas de mano de obra y materiales usados, y una breve explicación de por qué se eligió reparar en vez de cambiar o a la inversa. Si hay sensores o cámaras implicados, se verifica la calibración y se entrega el coche sin testigos encendidos ni ruidos que cuenten chistes en los baches.

Elegir dónde llevar el coche en una villa marinera tiene su liturgia. Uno entra al taller y lo primero que huele debe ser a orden: pistolas etiquetadas, filtros de cabina con vida, zonas limpias que invitan a creer. Si el profesional habla de igualación de color, muestra probetas y no promete fechas imposibles, hay credibilidad. Si colabora con aseguradoras pero te explica qué conviene a tu bolsillo y a tu coche, hay honradez. Si te envía avances por WhatsApp y te avisa cuando el color está cuadrado, hay empatía. Todo suma cuando el objetivo no es solo reparar, sino devolver la tranquilidad que un roce tonto se llevó en tres segundos de descuido.

En Rianxo, donde el salitre pone a prueba más que la paciencia, conviene preguntar por tratamientos posteriores: un sellado ligero sobre la zona reparada, un lavado de cortesía sin rodillos agresivos, un consejo sobre los primeros días para que la pieza pinte su mejor futuro. Que nadie te venda milagros de 24 horas cuando la química pide reposo; la pintura también tiene su siesta. Y si te ofrecen pulir todo el lateral para que el difuminado quede invisible hasta para tu cuñado, no es un truco de venta, es un método contrastado que ahorra discusiones.

Al final, un coche que vuelve a su línea, con reflejos rectos y color coherente, es una especie de pacto tácito entre artesanía y tecnología. Se nota en el silencio con que sales del taller, en esa ausencia de chasquidos al cerrar la puerta, en el reflejo del poste que ya no se rompe en zigzag. No hace falta ser purista para pedir calidad, basta con valorar el trabajo bien hecho y exigir transparencia. En un mercado donde abundan las prisas, los talleres que firman su trabajo con orgullo y muestran cómo y por qué lo hacen merecen que el boca a boca les empuje, porque al volante todos preferimos mirar la carretera y no el recuerdo de un golpe que pudo haberse resuelto con oficio.