El motor tosió dos veces, emitió un chirrido metálico que me heló la sangre y se calló. En pleno mes de julio, con la tierra seca pidiendo trabajo y el verano en su apogeo, un tractor parado no es un simple inconveniente; es un desastre en potencia. Podría haber buscado un taller aquí cerca de Vigo, en cualquier polígono industrial. Pero ante un silencio tan ominoso, mi mente solo barajó una opción: había que llamar a la grúa y poner rumbo al corazón del Salnés, a un taller de tractores en Ribadumia.
Para muchos, puede sonar a locura. Hacer un viaje de casi una hora, cruzando el puente de Rande y dejando atrás la autopista para adentrarse en las carreteras comarcales, solo para llevar una máquina a reparar. Pero para mí, y para muchos agricultores de la zona, ese viaje es una especie de peregrinaje necesario. Es el camino hacia la tranquilidad, hacia un taller que no figura en grandes carteles luminosos, pero cuyo nombre se pasa de boca en boca como un secreto valioso.
El taller de Manolo en Ribadumia no es un concesionario reluciente con suelos impolutos. Huele a lo que tiene que oler: a grasa, a metal, a gasoil y a trabajo honesto. Manolo, con las manos encallecidas y manchadas de aceite, no te recibe con un traje de faena corporativo, sino con una sabiduría que no se aprende en cursos de formación. Es un conocimiento heredado, perfeccionado tras décadas de escuchar los achaques de estos gigantes de hierro.
Cuando le explico el sonido que hizo mi tractor, él asiente lentamente, como un médico escuchando los síntomas de un paciente. No necesita conectar un ordenador de diagnóstico para saber por dónde empezar a mirar. Conoce mis tractores, sabe cuál es el historial de cada uno, qué pieza se cambió la última vez y cuál es su punto débil. Esa es la diferencia fundamental. No ve una avería; ve la biografía de una máquina a la que hay que sanar.
Podría ahorrarme los kilómetros, sí. Pero no podría comprar la confianza de dejar mis herramientas más preciadas en manos de alguien que las entiende como si fueran suyas. Así que, una vez más, hago el viaje. Y mientras conduzco de vuelta a Vigo, viendo cómo el paisaje de viñedos se transforma de nuevo en el perfil urbano de mi ciudad, lo hago con la certeza de que he dejado mi tractor no en un taller, sino en las mejores manos posibles. Y esa tranquilidad no tiene precio.