No soy un gran de la tecnología ni del diseño. Creo que en muchos casos nos venden humo, cosas que solo funcionan desde un punto de vista estético gracias a departamentos de marketing que estudian al milímetro las reacciones de los consumidores ante los estímulos. Pero, de vez en cuando, descubro que es posible ofrecer al consumidor productos realmente valiosos: que existen diseñadores que piensan en la tecnología como algo más que una forma de engatusar al consumidor.
Algo tan sencillo como un pendrive, de uso tan generalizado, me sirve de ejemplo para diferenciar el diseño inteligente del que no lo es. Por mi trabajo debo usar muchas memorias USB ya que estoy siempre en movimiento y tengo que pasar información de unos dispositivos a otros. Es cierto que con la nube, hoy en día, muchos han dejado de usar pendrives, pero yo todavía confío en ellos para mi rutina diaria.
El problema lo tenía con algunos de los pendrives que eran demasiado pequeños y mal diseñados: casi parece que los diseñan para ser perdidos. Y algunos de estos aparatitos van con información muy importante y/o confidencial que no se debe perder. Cuando yo padecí una de estas pérdidas me prometí que buscaría otro tipo de diseños y encontré un pendrive tarjeta de credito que me pareció ideal. ¿No se puede perder? Sí, pero cómo podrías perder cualquier otra tarjeta que lleves en la cartera. Pero con un pendrive con forma de tarjeta de crédito todo es más sencillo.
Desde que me hice con mi primer pen de este tipo, empecé a aficionarme más al diseño minimalista de aparatos tecnológicos o relacionados con el trabajo y el hogar. Ahora, en mi despacho de casa tengo una lámpara que incluye conexión USB para cargar aparatos así como una carga inalámbrica. De esta forma puedo tener el móvil a mano mientras carga y uso el ordenador en la mesa de trabajo. Gracias al pendrive tarjeta de crédito me di cuenta que el diseño sí merece la pena si está pensado para satisfacer las necesidades del consumidor, no solo para venderle un producto.